Julieta está embarazada. Han pasado unos minutos del mediodía del lunes 7 de noviembre. El sol raja la tierra y derrite el pavimento. Julieta quiere cruzar la 24 de Septiembre a mitad de cuadra. Como muchos -¿todos?- no va a caminar hasta la esquina. Hay dos autos estacionados, mira a su izquierda, deja pasar unas motos que pasan zigzagueando, agarra a su hermana de la mano y cruza. En ese instante el taxi que estaba estacionado hace marcha atrás y la atropella...
Es un segundo. La eternidad dura ese instante. Dolor. Miedo. Hijos. Familia. Papá. Mamá. La panza. La vida. La muerte. El caleidoscopio de tres décadas da vueltas, no se acomoda. Respira. Mueve sus manos. Está viva y sale gateando debajo del auto. El taxista se baja, la mira, respira hondo, la reta y le explica lo obvio: "hice marcha atrás y no la vi". Julieta saca fuerzas de los moretones y le contesta: "rogá que no le haya pasado nada a mi bebé". Han pasado ya 10 días y Julieta no entiende cómo al mediodía, en la 24, nadie se acercó a ayudarla. "Sentí que estaba en el desierto..."